Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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--¡Ah! ¡diantre! cuidado, señor conde, cuidado, no os acerquéis a mí hasta que me haya sacudido bien.
--¿Por qué? Harina o polvo no hacen más que blanquear.
--No, no, eso que veis en mis brazos es arcénico.
--¿Arsénico?
--Sí, señor estoy haciendo mis provisiones para los ratones. --Es verdad, en una tienda como esta los ratones abundan.
--No me ocupé de esta tienda, señor; conde: los ratones se han comido en ella más que me comerán.
--¿Qué queréis decir?
--Podéis haberlo visto, señor conde: hacen mi inventario.
--¿Os retiráis?
--Sí, señor conde, traspaso mi tienda a uno de mis empleados,
--¿Conque ya estáis bastante rico?
--Le he tomado aversión a la ciudad, no sé si porque envejezco, y porque, al envejecer, como me dijo
una vez el señor de D'Artagnan, uno piensa con más frecuencia en la juventud; pero hace algún tiempo que
el campo y la huerta me atraen. Y acompañando de una sonrisa un tanto presuntuosa, añadió: --En mis
mocedades fui campesino.
--¿Vais a comprar algunas tierras? --preguntó Athos.
--Una casita en Fontainebleau y unas veinte fanegas en los alrededores de ella.
--Os doy mi enhorabuena. Planchet.
--Pero estamos muy mal aquí, señor conde; ese maldito polvo os hace toser, y no quiero envenenar al
más cumplido caballero del reino.
--Sí, hablemos aparte, --dijo Athos: --en vuestra habitación, por ejemplo, porque tendréis un cuarto
particular...
--Es verdad, señor conde.
--¿Arriba tal vez? --repuso Athos fingiendo subir al ver turbado a Planchet.
--Es que... --objetó el droguero vacilando.
Athos interpretó mal la vacilación de Planchet, y atribuyéndola al temor de éste de ofrecer una hospitali-
dad poco digna al huésped, prosiguió adelante, diciendo:
--No importa, ya sabemos que la habitación de un tendero, en este barrio, no puede ser un palacio. Vaya,
subamos.
Raúl precedió a su padre y entró, pero al mismo punto resonaron dos exclamaciones, y aun podemos de-
cir tres, y una de ellas más aguda que las demás, como lanzada por una mujer. La otra exclamación, de sor-
presa, salió de boca de Raúl, que, no bien la hubo proferido, cerró la puerta. La tercera fue de espanto, y la
exhaló Planchet, pues dio un paso para descender de nuevo.
--¿La señora?... --repuso Athos. --Perdonad, mi amigo, ignoraba que aquí arriba tuvieseis...
--Es Truchen --añadió Planchet un poco sonrojado.
--Quienquiera que sea, mi buen Planchet, perdonad nuestra indiscreción.
--No, no, ahora ya podéis subir, señores.
--¿Para qué? --repuso Athos.
--La señora ya está avisada, y habrá tenido tiempo...
--No Planchet. Adiós.
--No me deis el disgusto de quedaron en la escalera, señores, ni de salir de mi casa sin haberos sentado.
--De haber sabido nosotros que ahí arriba había una dama, -- dijo Athos con su habitual serenidad --os
habríamos pedido permiso para saludarla.
Planchet quedó tan cortado por aquella exquisita impertinencia, que forzó el paso y abrió por sí mismo la
puerta para hacer entrar al conde y a su hijo. Truchen, ya completamente vestida con traje de tendera rica y
coqueta, y mirando con sus ojos alemanes con mezcla de francés a los recién llegados, hizo a cada uno de
éstos una reverencia y se bajó a la tienda, aunque no sin antes haber pegado el oído a la puerta para saber
qué dirían de ella a Planchet los hidalgos visitadores; pero como Athos se lo figuró, no dijo una palabra
respecto del particular. En cambio no tuvo otro remedio que escuchar a Planchet, que le contó sus idilios de
felicidad, traducidos en un lenguaje más casto que el de Lòngo, y acabó diciendo que Truchen había hecho
el encanto de su edad madura, y traído la bendición a sus negocios, como Ruth a Booz.
--Sólo os faltan herederos de vuestra prosperidad, --repuso Athos.
--Si tuviese uno, no le tocarían menos de trescientas mil libras, --replicó Planchet.
--Pues es menester que lo tengáis, --dijo sosegadamente Athos, --para que no se pierda vuestra fortuni-
ta.
La palabra “fortunita” puso a Planchet en su fila, como en otro tiempo la voz del sargento cuando aquél
era piquero del regimiento del Piamonte, donde lo colocó Rochefort.
Athos comprendió que el droguero se casaría con Truchen, y que formaría un árbol genealógico. Y esto
le pareció tanto más evidente, cuando supo que el sirviente a quien Planchet vendía su tienda era primo de
Truchen, encarnado como un alelí, de encrespados cabellos y cargado de hombros. El conde de La Fere sabía cuánto puede y debe saberse sobre la suerte de un droguero. Porque la verdad
es que Athos comprendió, y dijo sin transición:
--¿Dónde está el señor de D'Artagnan, que no le han encontrado en el Louvre?


 

 
 

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